cuento de la princesa kaguya

IX El emperador

Después de las aventuras de estos cinco jóvenes, a la princesa Kaguya no se la vio más que muy fugazmente. Cada vez se fue apartando más y más en la felicidad de su soledad, con la anciana pareja. Las gentes dejaron de congregarse a su puerta y de herirla con su curiosidad. Pero a pesar de su reclusión, la fama de su belleza se había propagado hasta donde los cuatro vientos del cielo tocaban las costas del Japón y finalmente habían llegado a los oídos del mismo emperador.

Un día éste llamó a uno de sus mensajeros y le dijo:
—He oído rumores de que una bella doncella llamada princesa Kaguya se ha recluido voluntariamente para que no la vean los hombres. Me gustaría mucho verla y quiero que salgas inmediatamente para su casa y que la traigas escoltada hasta mi Presencia.
El mensajero partió en seguida para cumplir esta misión y al llegar a la casa llamó perentoriamente a la puerta. La anciana, al oír los golpes, salió a ver quién era el que hacía tanto ruido. Cuando el mensajero vio a la mujer, dijo:
—¿Es ésta la casa de la bella y enclaustrada doncella?
—Señor, nuestra hija es muy bella —replicó la anciana—, y en efecto prefiere la soledad.
—¡Bien! —respondió el mensajero—. Entonces es indudable que ésta es la doncella que estoy buscando. Ten la bondad de informarle que su majestad imperial, el emperador, le concede el favor de una audiencia privada y que yo he venido para escoltarla hasta el palacio.
La anciana mujer se puso contentísima y corrió en seguida a dar la noticia a la princesa Kaguya. Al oír ésta el anuncio mencionado, permaneció inmóvil. Movió negativamente la cabeza y respondió:
—Soy una persona demasiado inferior para ser presentada a su alteza imperial. Mi visita a su palacio no le proporcionaría ningún mérito y tendría un final no deseado por nadie. Dile por favor al mensajero que no deseo ir. Y a pesar de los ruegos de la anciana, la princesa siguió en sus trece. Cuando el mensajero regresó al palacio llevando estas noticias, el emperador se molestó muchísimo con la afrenta a su regia persona por cuanto estaba decidido a comprobar por sí mismo si eran ciertos los rumores sobre la belleza de la princesa. Así que volvió a mandar a su mensajero a la casa de la princesa pero ahora con la orden de
regresar con el viejo padre adoptivo de la muchacha.


No necesitamos decir que el anciano no tenía otra opción sino obedecer al emperador. Así pues marchó al palacio lleno de un inquieto temor porque su esposa le había hablado del deseo del emperador de ver a la princesa y sabía muy bien que si ésta había dicho que no quería ir, nadie podría hacerla variar de opinión. Cuando le hicieron pasar a la cámara imperial, con gran sorpresa suya el emperador le habló bondadosamente y le prometió recompensarlo con un alto rango y pensión si persuadía a su hija para que visitara la corte. Ante esta perspectiva el anciano se puso contentísimo porque pensó que ahora la princesa, al menos para complacerle a él, estaría sin duda dispuesta a salir de su aislamiento. Por eso retornó jubiloso al hogar. Y dijo a la
princesa Kaguya:
—Hija mía, he sido recibido por el emperador, quien me ha expresado su sincero deseo de verte en la corte. ¿Irás? Es una maravillosa oportunidad para ti. Hace tiempo que desea casarse con una dama para hacerla emperatriz. ¿Y quién puede dudar de que cuando vea tu gentil belleza no serás tú esa dama? Y si no te hace su esposa, estoy seguro de que sería muy feliz con nombrarte la primera dama de la corte. Y hasta para mí hay un premio; me ha ofrecido un alto rango.
La princesa Kaguya permaneció silenciosa e inmóvil durante largo rato. Finalmente dijo:
—Padre, haría cualquier cosa por verte encumbrado a la posición que tanto anhelas. Pero no puedo hacer eso que me pides, ¡no puedo y no puedo! Incluso si me llevan allí por la fuerza, rechazaré todo cuanto me ofrezcan y sólo estaré pendiente de la oportunidad de escaparme de allí y de morir en soledad.
Estas palabras trastornaron tanto al anciano que apenas pudo contener las lágrimas, ya que no podía concebir su vida o la de su esposa sin la belleza de su hija la princesa. Por eso le suplicó que no volviera a decir cosas tan espantosas.
A medida que pasaban los días la ira del emperador aumentaba más y más, pero al mismo tiempo también crecía su curiosidad al no haber signos de que la extraña doncella fuese a plegarse a sus deseos.


Una noche, después de haber estado cazando todo el día, se dio cuenta de que estaba cerca de la casa de los viejos. Condujo a su bien enjaezado caballo hasta las puertas de éstos y ordenó a su sirviente que llamara a los esposos. Los ancianos se quedaron
pasmados ante la condescendencia del emperador de venir a visitar su humilde casa y salieron a saludarle muy confundidos. Se pusieron de rodillas ante él y se inclinaron hasta que sus cabezas tocaron el suelo. El emperador desmontó inmediatamente, hizo caso omiso de sus saludos y se metió directamente en la casa dirigiéndose hacia la puerta de la habitación más interior. Abrió todas las puertas sin ninguna ceremonia y estaba a punto de entrar en la habitación de la princesa cuando de repente tuvo que retroceder dando un grito y ponerse las manos ante su rostro. Una deslumbrante llama luminosa había inundado la habitación en cuyo centro brillaba la exquisita forma y bello rostro de la princesa Kaguya.
Ésta se hallaba tranquilamente sobre su cojín con sus pequeñas manos reposando quietamente en su regazo y su cabeza inclinada ligeramente hacia adelante. Dos largos mechones de pelo colgaban sobre sus hombros y su ancho vestido, ahora radiante con la brillante luz, caía coquetonamente sobre el suelo. El emperador, vencido ante una belleza cuyo igual jamás había visto antes, se postró ante ella diciendo:
—Princesa Kaguya, soy el emperador. He venido en persona a visitarte porque los rumores sobre tu belleza se han extendido por todo el país. Ahora he comprobado que ni siquiera los rumores describen lo que yo he visto con mis propios ojos. Te pido de corazón que accedas a mi deseo de llevarte conmigo a palacio. Pero la princesa Kaguya meneó ligeramente la cabeza y dijo:
—No es posible. ¿Cómo voy a abandonar a mis queridos padres? Además, debes de comprender que yo no soy de este país y que si me voy contigo algún día tendría que dejarte. Y volvió a mover negativamente la cabeza.
Pero al emperador no se le rechazaba tan fácilmente, y más ahora que cuanto más miraba sus divinos rasgos, más determinado estaba a ganársela para él.
—¡Aunque me rechazas, yo me casaré contigo! —gritó de repente, llena su voz de amor y pasión.
Se levantó y estaba a punto de coger la mano de la muchacha cuando una enorme oscuridad cayó como un manto sobre la habitación. El emperador era como un ciego que palpaba desesperadamente en las tinieblas.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde estás? ¿Dónde estás? —aulló.
Pero no tuvo respuesta; ni tampoco pudo alcanzar ni un hilo del vestido de la princesa Kaguya. El emperador entonces se arrodilló desalentado porque comprendió sabiamente lo absurdo que era rogar con voz lastimera en una habitación a oscuras.
—Princesa Kaguya, perdóname. Por favor, perdóname. Me he portado irrazonablemente. Sólo te pido que me dejes verte una vez más en toda tu belleza y nunca jamás te causaré problemas.
Casi sin esperanzas de que ella escuchase su petición, se volvió a inclinar otra vez hasta el suelo. Inmediatamente la habitación fue inundada de nuevo con la brillante luz. El emperador levantó sus ojos y ante él estaba la princesa Kaguya. Su expresión era de tal tranquilidad y cortesía que el emperador sintió que un diluvio de lágrimas estallaban en su pecho.

—Señora —dijo—, ahora que te he vuelto a ver, jamás podré olvidarte. Eres más bonita que las blancas crestas de diez mil olas, más noble que los picos de las torres del cielo, y más hermosa que la luz de la tuna que cae en cascadas sobre los valles. Nunca
antes había visto una belleza igual. Y nunca la veré más.
Miró fijamente a la silenciosa princesa, salió luego rápidamente de la habitación y regresó a su palacio.

Extraído del libro: Cuentos y Leyendas Japonesas

imagen del cuento de la princesa Kaguya

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